lunes, 27 de mayo de 2013


Cine y ciudad en México: Ismael Rodríguez Ruelas, Luis Buñuel Portolés, Alejandro González Iñárritu y los laberintos urbanos de la identidad mexicana

Por: Agustín Sánchez Valdez
Conferencia pronunciada en el coloquio:
Las figuras del nacionalismo mexicano, la modernización de
los imaginarios.
16 y 17 de mayo, 2013.
Salones 2-9 y 2-10
Anexo de la FFyL, Edificio Adolfo Sánchez Vázquez, CU-UNAM.




    De islote a ombligo de la Luna, después a Megalópolis; el Centro de la Ciudad de México parece ser el crisol del tiempo; en él, en “nuestro centro histórico”, el pasado no termina de despedirse y el presente no termina de llegar. Durante largos años ha sido el escenario en el que han girado en extraña danza tiempos viejos, opacos, y tiempos nuevos, enceguecedoramente resplandecientes. Este horizonte variopinto, abigarrado, es precisamente la cantera a la que muchos han acudido buscando una definición para “lo urbano”; es en él, en el Centro, en el que se da, en palabras de Monsiváis, “la definición voluntaria e involuntaria de lo capitalino, el almacén de las nostalgias prematuras y póstumas”.[1]
     Entre sus calles y avenidas, en sus palacios, edificios y vecindades, en sus “pintorescos” corredores turísticos que exhalan un moderno suspiro colonial, en sus mortíferos callejones oscuros en los que se percibe el aroma de lo furtivo colgado de la sombra de lo marginal; en todos sus rincones parece encontrarse atrapada una respuesta posible para la pregunta ante “lo citadino”, lo urbano. El rumbo del Centro expresa abundantemente, por una parte, la apoteosis del deterioro y, por la otra, la adoración -síntesis entre temor y respeto- del orden correspondiente a la Modernidad.
     Monsiváis preguntaba hace años: “¿Qué más urbano que esos barrios lumpenizados, tristes como un automóvil abandonado en la calle hace cuatro o cinco años, como prueba de la falta de prisa de sus dueños?”[2] Al parecer, más que una pregunta, estas líneas nos permiten ver que en el Centro nada es absolutamente viejo y mucho menos ciertamente nuevo; que en el Centro se encuentra atrincherado el imaginario de la única forma de ciudad, del único centro del país, igual que un cacharro abandonado en la calle a merced de los juegos de los niños, de los negocios fugitivos, de los jóvenes ensueños, lejos de la mirada de un dueño esclerotizado.
     Si bien policéntrica, cosmopolita, extendida más allá de su esfera física a través de las cabezas de aquéllos que transitan incesantemente con su “pedazo de ciudad”; esta megalópolis paradigmática posee un nodo irreductible, que sirve incluso como piedra de toque para cualquier comparación, a saber, el Centro, que primero fue ceremonial, después plaza y ahora, para casi todos, “Zócalo”.
     En 40000 m² se contiene el anonimato de una metamorfosis incesante e imperceptible; diría Baudelaire de: “le transitoire, le fugitif, le contingent [lo propiamente moderno][3]. Aquello que nunca alcanza a cristalizar, acude al Zócalo para, después de un frenético arribo, dispersase hacia su vorágine monótona y cotidiana, y así, encontrar un reposo para la pregunta por la identidad tras una breve estancia en ese gran “cementerio simbólico”[4] cuadrangular.
     Sin embargo, ese aparente espacio de anonimato es, como se dijo, sólo un nodo, a su alrededor desfila sincrónicamente la yuxtaposición surreal de la temporalidad diversa, y es este desfile el que sorprende e interesa a la hora de buscar aquello que llaman lo urbano. Las ruinas, las ruinas remodeladas, las ruinas resignificadas, las ruinas museíficadas, las ruinas olvidadas, las ruinas vueltas mall, café, restaurante, fonda; el puesto, el triciclo, la bicicleta, la canasta, la lona o el “dos de bastos”, el sonido estridente del barrio, todo eso y más es lo que gravita alrededor del Zócalo evidenciando que la ciudad lleva tiempo alejándose del Centro para ubicarse en muchos sitios, en los jacales desvencijados de los pobres, o en los enjambres de casitas reproducidos serialmente al margen, aparentemente alejados de la tradición, pretendidamente modernos, supuestamente sin deudas con la Historia, empero habitados por sus fragmentos. La ciudad se va de sí misma para reaparecer en la imaginación de sus actores reales, para reaparecer en sus actores reales convertidos en imágenes. 
     ¿Cómo acercarse a la comprensión de una realidad tan cambiante como inasequible? La Ciudad de México se ha presentado no sólo como el escenario, sino como parte fundamental para el despliegue del drama cinematográfico; como su principal materia prima y su primer producto. La obra cinematográfica deviene un testimonio, un documento vivo que, inmerso en un ritual, otorga la contemplación de un acontecimiento mágico, no obstante cotidiano: la Ciudad. El frenesí imparable de la Ciudad de México ha sido congelado; sus crueles apellidos se encuentran representados a través de las múltiples ciudades que el cine construyó tras nutrirse de una sola -la paradigmática Ciudad de México- y el espectador ha disfrutado contemplándose desplegado, desnudo por el sistema de aparatos. La mayoría de las historias cinematográficas extraídas de la trama urbana mexicana, se han orientado a narrar lo que ocurre en la gran ciudad; explotan el melodrama de sus pasiones, sus vicios, sus virtudes, sus contrastes sociales; construyen, a la postre, imágenes e imaginarios de ciudad, componentes inteligibles de una realidad intangible representados en personajes y situaciones que, al ser extraídos del rompecabezas social mexicano, se concretan como formas fundamentales de la vida en sociedad. Las añoranzas mismas de los transeúntes sin rostro son sintetizadas en un solo personaje, o en varios, y así el espectador se encuentra, con beneplácito, a sí mismo en la pantalla, a través de la cual comienzan a trazarse las formas y los contenidos de lo urbano. Gracias al cine, el espectador, diría Walter Benjamin, se encuentra de frente con su realidad duplicada, mejorada.[5]
     Al parecer, éste es el papel que ha jugado el cine hecho en México en la propagación del imaginario urbano: traducir y concretar la transformación y construcción, tanto material como inmaterial, de la Cultura[6] en México, a través de la expresión y expansión, a veces tácita, a veces explícita, de lo político[7].
     Desde aquel 14 de Agosto de 1896, cuando en la calle de Plateros se cimentaba el éxito rotundo de las pantallas en México, 12 días después de que Don Porfirio, familia, amigos y gabinete, contemplaran por vez primera en el Castillo de Chapultepec una gran novedad técnica, y justo el mismo año en que el primer automóvil circulara por las calles de la Ciudad de México; desde entonces, la técnica hermanada con el arte de vanguardia, ha logrado exponer de manera acabada varios de los múltiples resquicios de la mexicanidad ante la mexicanidad.
     Lo rural, lo urbano, lo tradicional, lo moderno, toda dicotomía y sus posibles conciliaciones, así como los híbridos que son sus hijos, han sido reproducidos por el sistema de aparatos para el agrado de las masas, esa esfera, que para Baudrillard, es cada vez más densa y donde implosiona todo lo social para ser devorado en un proceso de simulación ininterrumpido.[8]
     Gracias al cine, la Ciudad de México -protagonista encarnada en sus actores sublimados- tanto como las imágenes e imaginarios que de ella parten y en ella convergen, no sólo se vuelven susceptibles de ser repetidos, actualizados y multiplicados por medio de procesos técnicos, abandonando sus lugares y referentes concretos para estar en donde ellos nunca podrían estar, sino que, la Ciudad, sus imágenes e imaginarios, a través del cine adquieren un “aura”; su unicidad y singularidad, expresada a través de pequeños fragmentos de su quasi inasequible diversidad, adquieren un carácter irrepetible y perenne. A través del cine se da una revelación metonímica de lo urbano, y al congelarse en una epifanía la ciudad se desnuda ante el espectador que acallado contempla con agrado, o con temor, su doble más exacto; una representación de sí, de su “aquí y su ahora”, más fiel que él mismo.

§ El melodrama urbano según Ismael Rodríguez Ruelas

La vecindad, ese espacio con lugares comunes y rincones privados, de vínculos amistosos, fraternales y conyugales tan estrechos como sus corredores y pasillos, es el vórtice desde el cual Ismael Rodríguez representa y proyecta los sentimientos y emociones de los pobres. Su pretensión de concretar una valoración objetiva de la Ciudad de México y sus actores en movimiento, mediante la exhibición de ese “barroquismo” libre de impurezas, característico de la hibridación mexicana que abría los ojos a las bondadosas fuerzas del progreso de la posguerra, ha trascendido tiempos y espacios, y devino, a la postre, la construcción sistemática de sensaciones, experiencias, expresiones y formas de ver el orden en el mundo urbano, e incluso fuera de él.[9]
     El melodrama construido por Rodríguez, pretendió ser una fiel estampa de los personajes de los barrios pobres, de aquellos que por ser pobres son “héroes y  pecadores”, y finalmente se constituyó como el crisol de los arquetipos, el culmen de los símbolos, signos y significados del principal producto de la sociedad industrial moderna: la pobreza.
     El abigarrado mundo del arrabal va desdoblándose a través de canciones optimistas y desgarradoras, idílicas y ensoñadoras, y así la pobreza, hija bastarda de la ciudad, se mece resignada, feliz, socarrona y aguerrida en el flujo del lenguaje del barrio. Al barrio se le habla en su idioma.
     Si bien melodramática y un tanto benévola, la mirada de Rodríguez alcanza a escudriñar en los resquicios de la auténtica vulnerabilidad del pobre, así como de su principal fortaleza. Por una parte la ignorancia, mina explotada por los poderosos, mantiene la continuidad del tránsito entre “El Palacio Negro” y el “Quinto patio”; por la otra, la Familia extensa, conformada por los afiliados sanguíneamente al núcleo, los vecinos, “La Palomilla” y el perro, hace más ligeras las lágrimas y más cortas la hambrunas.
     Así transcurre la dicotomía estructural cristalizada por la lente de Rodríguez Ruelas. “Pobres y ricos” son retratados de manera sintética en un grupo de personajes a través de los cuales es posible ver una versión armonizada y musicalizada de la Ciudad. Los migrantes que aprendieron un oficio para participar en la construcción de la Ciudad, incluso decorando con ebanistería las cantinas y los jardines de los poderosos; las mujeres que luchan por prepararse para de alguna manera aferrarse a la rueda de la modernidad que no deja de girar, a quien su “abnegación” por un lado obliga a soportar engaños y golpes, pero por otro permite el llanto resignado y consolador; los que, encorvados por el peso del tiempo y de la pena, le venden a otros “un cachito” de la posibilidad de volverse millonarios, para con la ganancia comprar un pan de pulque y compartirlo con “La Palomilla”; las que se levantan tarde tras robar el falso corazón de un auténtico miserable; las que nunca se duermen para ver la agonía de la pena en el fondo de una botella; las que suspiran; los que endulzan con piloncillo la seca causada por la marihuana y la “mala conciencia”; incluso los que desde el margen vigilan con un solo ojo la posibilidad de morder la mano que les da de comer para obtener el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo; todos forman parte del montaje musical en el que Ismael Rodríguez parece apologizar y naturalizar la pobreza, a través de la plasticidad de personajes que sólo tienen que ser  ellos mismos para cumplir con su misión: permitir que los espectadores se “identifiquen con mitos grandiosos de sí mismos”, “se reconozcan como mitos hermosos y sublimes”.[10]
§ Acercamiento al realismo surrealista de Luis Buñuel Portolés

Sólo tres años después del estreno y éxito rotundo de Nosotros los pobres en el desaparecido cine “Colonial” de la Merced, Luis Buñuel daría una estruendosa y dolorosa bofetada a la susceptibilidad de las clases acomodadas del país, con el resultado del “siniestro” amorío que propició entre poesía y cine: Los olvidados.
    
 Un trágico retrato de la vida marginal de los niños arrojados entre las grietas de las grandes metrópolis modernas, que completamente alejado del melodrama y la “ingeniería social”, se basaba íntegramente en hechos de la vida real, y así se constituía como la expresión desoladora de la vida y la muerte de personajes auténticos.
     En la película se proyectan la oscuridad de la pobreza y del ser humano, en contraposición a aquella máscara que montara Ismael Rodríguez dotando de cierta pureza al alma del mexicano humilde. Con Buñuel, la imagen cinematográfica, cantera del arte masivo, deviene por una parte una expresión capaz de mostrar el mundo tal cual es y, por la otra, una herramienta para crear conciencia. Si bien la realidad sale a borbotones en esta obra de Buñuel, debido a que precisamente encuentra su origen en el anecdotario de la nota roja de la Ciudad de México, caro archivo que hasta este día alimenta con su crueldad diversas historias; tal realismo permite ver, y no precisamente de soslayo, muchas de las historias que son concomitantes a la miseria, el vicio y la inmundicia, historias que se esconden debajo de la realidad, entre sus sueños.
     La armonía circular de una música trágica envuelve este entramado de historias, éstas, no encuentran escapatoria ante tal argamasa, antes bien, es el fétido aroma de su sordidez el que permite vaticinar su funesto final.

     
    Para los niños y los jóvenes de Buñuel, que a diferencia de los creados por Rodríguez no son ni héroes ni pecadores, sino criminales, es la bruma de la calle solitaria el espacio en el que se solidarizan las soledades mudas y hambrientas; es la calle, el emplazamiento del anonimato, una metáfora del hogar, de la familia, del trabajo, del bienestar; sólo los perros, que también parecen ser hijos de la calle, son testigos fieles de los más terribles contubernios.
     El abandono, plasmado en un hijo del campo que ha sido arrojado a las fauces de Caribdis y que funge como guía resignado para la ceguera de un pasado caduco que se aferra a sus recuerdos y odia sus engendros; la presencia contundente de lo rural en las entrañas de lo urbano y de lo urbano en las mañas de lo rural; el carácter mortífero e inmisericorde “del barrio”, cuyos jóvenes, a diferencia de la ciudad e incluso del espacio que habitan, se encuentran terminados incluso antes de nacer; las tretas que juega la consciencia mediante la frustración que expresa el sueño; son éstos algunos de los trazos que fluyen desde el pincel del cineasta aragonés, y que dan color a la trágica realidad urbana en México.
     Es vasto lo expresado por Los olvidados. En palabras de Paz, esta obra
“[nos acerca] a otras comarcas del espíritu […] [puede ser juzgada y gustada] como cine y así mismo como algo perteneciente al universo más ancho y libre de esas obras, preciosas entre todas, que tienen por objeto tanto revelarnos la realidad humana como mostrarnos una vía para sobrepasarla”.[11]
     En esta ya tan acuchillada realidad, concurrida por diversas temporalidades, unas expresadas en animales de tiro, otras en jacales de madera y cartón, otras más en la seguridad que puede brindar para el sustento de algunos días un buen montón de basura, un resuello de tragedia se levanta con las sombras de las calles en las que aquél nostálgico pasado es silenciado por el frenético presente que nunca deja de llegar. Hambre, enfermedad, miedo, vulnerabilidad, pobreza y ocio, son todos apellidos de las metrópolis concretas en la parafernalia de la Modernidad y sus pesadas estructuras, ¿Cómo enmienda sus errores la sociedad? ¿Acaso las “bondadosas” fuerzas del progreso, antes técnico ahora tecnológico, contienen esta respuesta? ¿Acaso existen tales fuerzas? Cualquiera de los dos “fines” propuestos por Buñuel para el olvido de los olvidados se encuentra rubricado por la muerte y lamentablemente decidido por la suerte.
§ Todo perro se parece a su dueño
“Nacer y morir son experiencias de soledad. Nacemos solos y morimos, solos. Nada tan grave como esa primera inmersión en la soledad que es el nacer, si no es esa otra caída en lo desconocido que es el morir. La vivencia de la muerte se transforma pronto en consciencia del morir. […] Nuestras vidas son un diario aprendizaje de la muerte. Más que a vivir se nos enseña a morir. Y se nos enseña mal.”[12]
Año 2000, el inicio del siglo XXI, nuevamente el espectador urbano mexicano es complacido con su representación ante el sistema de aparatos. Iñárritu lleva la persona de los transeúntes urbanos a la pantalla, por un momento libra a éstos de la necesidad de llevarse a cuestas a sí mismos y abre al mundo una forma y un contenido no sólo para lo urbano-mexicano, sino para lo urbano en general.
     
   Deseo, frustración, dolor, ausencia y soledad, son algunos de los contenidos que se encuentran en las historias engarzadas en Amores Perros. En “El Chivo” es posible encontrar el personaje nodal de la obra. Él es el depositario y la encarnación de los avatares sociales y económicos latinoamericanos; en él rezumban al unísono la marginalidad, la turbiedad, la violencia y el carácter omniabarcante de la forma dineraria del valor en la sociedad contemporánea. “El Chivo” es el nudo en el que se enredan las diversas historias y a través del cual se expresa la destrucción de la humanidad en todas sus esferas, tanto privadas como públicas. Él expresa la historia de su dolor en un círculo “posmoderno”. Un teléfono móvil robado es el medio para la expresión de su catarsis y un contestador automático es el receptáculo, el confesor. En el nostálgico discurso, grabado en el testigo tecnológico, sólo alcanzan a exponerse las causas históricas y los efectos inmediatos de la ausencia, sin embargo, la máquina no logra captar los sentimientos humanos esenciales, ellos quedan fuera de la grabación, inmersos en la soledad. Es “El Chivo” la personificación de la soledad que engendra la Ciudad, de la ausencia que implica un lugar abarrotado. Sólo sus perros constituyen una compañía dependiente e incondicional; no hablan, no se quejan, sólo necesitan oler, lamer, comer, acompañar, estar. Son los perros el símbolo de la soledad dada la incapacidad humana de amar. “Todo perro se parece a su dueño”.
“Son los perros de la miseria y el abandono, los protagonistas de los cuentos realistas de fines del siglo XIX, los que irrumpen como metáforas del infortunio en todas las conversaciones, el horizonte de perros que ladra muy cerca de La Catedral y el Palacio Nacional, los seres que desafían la intemperie, el hambre, la saña de la sociedad que se jacta de lo artístico de las corridas de toros.”[13]
La Ciudad terminó por presentar la utopía de un ser humano libre, reflexivo y crítico; un sujeto consciente de la diferencia, respetuoso y generoso.
     Empero, ese sujeto sólo se disfrazó de civilización, y al pujar por extender lo que el nacionalismo vano denomina “nuestra sustancia espiritual”, “nuestra tradición”, terminó por convertirse en una expresión de la uniformización que cuando no aniquila la diferencia, tiende a reducirla a diversas formas de lo mismo, a diversas formas de la soledad.
     En el marco de la Ciudad de México, la burocratización y la organización cada vez más abstracta de los procesos productivo-consuntivos, aunadas ambas al triunfo político de la economía global, no sólo cosifican las relaciones entre los seres humanos, sino que a la postre, cosifican a los propios seres humanos y los alejan abismalmente de la posibilidad de concretarse como sujetos sociales según sus propias prerrogativas.
     Acaso los perros, presentes en la vecindad de “Pepe el Toro”, en el ensueño mortal del “Jaibo” y en la sórdida síntesis urbana del “Chivo”, son los eternos callejeros capaces de explicar acabadamente la existencia de la Ciudad, así como sus inexorables destinos, esos que se caen a pedazos como los continentes que habitan y como los imaginarios que materializan, esos que, a decir de Rulfo, “poco a poco lo van apretando a uno por todos lados”.



Portada
“Ciudad Labor o Labor Ciudad”, Agustín Sánchez, 2010.

Bibliografía

Baudrillard, Jean, Cultura y simulacro, Ed. Kairós: Barcelona, 2007.
Benjamin, Walter, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Ed. Ítaca: México, 2003.
Frisby, David, Fragmentos de la Modernidad en la obra de Simmel, Kracauer y Benjamin, Visor: España, 1992.
García Canclini, Néstor, Culturas Híbridas; estrategias para entrar y salir de la modernidad, Ed. Debolsillo: México, 2009.
Monsiváis, Carlos y Alys, Francis detto, El Centro Histórico de la Ciudad de México, Ed. Turner: España, 2006.
Paz, Octavio, Corriente Alterna, Editorial Siglo XXI: México, 2009.
------------------ El laberinto de la soledad, FCE: México, 1977.
Sánchez Valdez, José Agustín, La cultura en la época de su reproductibilidad técnica: elementos para una crítica sobre el dominio espectacular, Tesis de Licenciatura, UNAM, FES Acatlán, Filosofía, El autor: México, 2012.

Filmografía
·         Ismael Rodríguez Ruelas, Nosotros los pobres (1947), Ustedes los ricos (1948), Pepe el Toro (1952).
·         Luis Buñuel Portolés, Los olvidados (1950).
·         Alejandro González Iñárritu, Amores perros (2000).

Archivo fotográfico
Martínez Assad, Carlos, La ciudad de México que el cine nos dejó, México: Secretaría de Cultura, Gobierno del Distrito Federal, 2008.




[1] Carlos Monsiváis y Francis detto Alys, El Centro Histórico de la Ciudad de México, Ed. Turner: España, 2006. p. 15.
[2] Ibíd. pp. 16-17.
[3] Charles Baudelaire, citado por David Frisby en: Fragmentos de la Modernidad en la obra de Simmel, Kracauer y Benjamin, Visor: España, 1992. p. 20.
[4] Cfr. Carlos Monsiváis, op. cit. pp. 35-36.
[5] Cfr. Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Ed. Ítaca: México, 2003. pp. 66-79.
[6] Para nosotros la Cultura es un sistema complejo compuesto por elementos materiales e inmateriales. Dentro de los elementos materiales se encuentran los productos de la transformación directa de la naturaleza, así como las herramientas utilizadas para su producción. Dentro de los elementos inmateriales encontramos los sistemas de costumbres, creencias y saberes. Cfr. José Agustín Sánchez Valdez, La cultura en la época de su reproductibilidad técnica: elementos para una crítica sobre el dominio espectacular, Tesis de Licenciatura, UNAM, FES Acatlán, Filosofía, México: El autor, 2012. p. 177.
[7] Para nosotros lo político es aquello que se reconoce como común de manera colectiva, y que se vincula directamente con la idea de “bien”.
[8] Cfr. Jean Baudrillard, Cultura y simulacro, Ed. Kairós: Barcelona, 2007. pp. 94-95.
[9] Cfr. José Agustín Sánchez Valdez, op. cit., p.82.
[10] Cfr. Iván Gabaldón y Elizabeth Fuentes, citados por: Néstor García Canclini en: Culturas Híbridas; estrategias para entrar y salir de la modernidad, Ed. Debolsillo: México, 2009. p. 96.
[11]Cfr.  Octavio Paz, “El cine filosófico de Buñuel” en: Octavio Paz, Corriente Alterna, Editorial Siglo XXI: México, 2009. p. 113.
[12] Cfr. Octavio Paz, El laberinto de la soledad, FCE: México, 1977. p. 177.
[13] Carlos Monsiváis, op. cit., pp. 86-87. 

domingo, 26 de mayo de 2013


El laberinto de la soledad
Cuerpos imaginarios
El cuerpo del  Chuco[1]

Por: Ríos Osorio A. Fabián



No es tan fácil, o no debería ser tan fácil, aceptar las ideas de totalidad del lenguaje de las que habla Wittgenstein cuando dice (cito): “El lenguaje disfraza el pensamiento. Y de tal modo, que por la forma externa del vestido no es posible concluir acerca de la forma del pensamiento disfrazado; porque la forma del vestido está constituida con un fin completamente distinto que el de permitir reconocer la forma del cuerpo”(TractatusLogico-Philosophicus, 4.002) (fin de la cita). Enfocándonos en la última parte de la cita, que en realidad es análoga a la primera nos preguntaremos: ¿Sería verdad que por la forma del  vestido se puede adivinar la forma del cuerpo? Es usual que la respuesta a ésta pregunta se enfoque en la parte externa del vestido, es decir, el significado que para el otro tiene la vestimenta que cubre un cuerpo o la relación que tiene la vestimenta con el medio al que se muestra, que es también el medio en donde se configura. Se dirá entonces que el vestido no sólo oculta un cuerpo sin a su vez expresarlo, siendo el acto de ocultamiento el acto mismo que da identidad al sujeto que intenta ser reconocido por el mundo que lo ve.
Pero pensándolo bien, el vestido que recubre el cuerpo a su imagen y semejanza no es suficiente para generar la certeza de un “yo”, si acaso construye una idea para envolver a un sujeto, sobre todo en aquellas identidades fronterizas que se juegan la existencia entre territorios polarizados en los límites que demarcan culturas enteras. La identidad que pensadores mexicanos como Octavio Paz quieren para el pachuco es la punta de un extremo. En el cuerpo de este extremo es en donde este trabajo se desarrollará.
Se dice que la “Ausencia de espíritu” que esta ambivalencia causa en el pachucolo hace disfrazarse de una manera en la que el exceso en las vestimentas distorsionadas compense la opacidad de su ser. Pero ¿Qué hay del cuerpo? Con o sin vestimenta el pachuco sigue siendo pachuco. El impulso que se niega a si mismo que se la atribuye permanece aún en su cuerpo “desnudo” corroborando a lo que puede llegar aquel –parafraseando a Paz- ser temeroso de que la mirada ajenalo desnude. Basta con la peculiaridad de un cuerpo para hablar de las identidades de miles de ellos que buscan expresar un sentir común.
       Esta reflexión lo que pretende es inspeccionar la peculiaridad de un cuerpo que habla por sí mismo. El cuerpo de un sujeto que sirve como llave de acceso para reflexionar sobre la consciencia de una singularidad, “momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer.”[2] El cuerpo le pertenece a un pachuco y se basta a sí mismo para –sin vestimenta alguna- saber que de quien hablamos es de la figura mítica que representa el principio del “Laberinto de la soledad”.
Edward “Chuco” Caballero -personaje de la cotidianidad- nació en California en 1954 y murió en el 2008 víctima de un agresivo cáncer. Destacada figura en el mundo del tatuaje “Chuco”[3]fue, entre otras cosas, un joven pachuco en los años 60´s al sur de California. Su cuerpo fue –por que el cuerpo no siempre es- memoria de la identidad de un hombre que se entrega a su realidad, se hunde en ella hasta el extremo de convertirse en los símbolos externos de los que fue testigo, que se incrustaron en lo más profundo de su conciencia y quesalieron de ella construyendo una memoria de imágenes encarnadas que sirvieron como recordatorio imaginario de quien es y de donde es que viene.[4]

El zootsuit, vestimenta del pachucoque se despoja del mundo de la eficacia estadounidense y se reafirma en su sola manifestación estética sin más tarea que atraer las miradas sobre la moda excesiva que visten, no pretende acercar al pachuco a una agrupación específica. Sin más remedio que mostrarse estéticamente, la vestimenta  del pachuco desborda su cuerpo, muestra su rebeldía al desajustar el ideal de practicidad del modo de vida americano y a la vez oculta el cuerpo del chuco que se esconde en el zootypara reafirmarse como ser solitario, -citando a Paz sobre el pachuco- “Generalmente los excéntricos subrayan con sus vestiduras la decisión de separarse de la sociedad, ya para constituir nuevos y más cerrados grupos, ya para afirmar su singularidad. En el caso de los pachucos se advierte una ambigüedad: por una parte, su ropa lo aísla y distingue; por la otra, esa misma ropa constituye un homenaje a la sociedad que pretende negar.[5]
      
   A pesar de que el “Chuco” Caballero era considerado un auténtico portador del zoonsuitde la época de los 60´s y recordado por lo esencial de su caló; esa manera de distorsionar el lenguaje con la que el pachuco insiste para desapegarse del otro,delespectador cualquiera que en ningún sentido es capaz de entender la onda de su hablar, pero que a su vez, sin faltar ni por un momento a la constante de su ser ambiguo y agresivo el clown impasible y siniestro sádico pregunta  a su interlocutor, con más intensión de aterrorizar que de hacer reír, si ¿Me comprendes Méndez o te explico Federico?; “Chuco Caballero”, que dominaba el arte del no decir nada al hablar mucho, fue un pionero del tatuaje que lo distinguió aún más que lo estrambótico de sus  vestimentas y su forma de hablar.
En el cuerpo tatuado del pachuco conviven imágenes que chocan. Sin espacio alguno para asomarse a una identidad pura que en realidad no existe, el cuerpo de “Chuco”Caballero esconde esa (cito)“pobreza de nuestro Romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco”[6]. Con la falta de un punto central en donde sostenerse el cuerpo pachuco marcado quiereíntimamente volver a ser centro de un universo fragmentado por la frontera que su cultura pasada  cruzó.
En los límites del ser está marcada la existencia del pachuco tatuado. En su cuerpo conviven imágenes de dioses aztecas, corazones y calaveras del día de los muertos, monumentos y actrices y actores norteamericanos, revolucionarios mexicanos y latinoamericanos, tipografías callejeras, imágenes religiosas, escudos nacionales y simbolismos carcelarios.  Lo mitificante de su figura nace del arraigo de las figuras culturales que permite incrustar en su cuerpo-lo único intransferible que tiene-  que al apropiarse de ellas fundamenta una nueva manera de ver lo ya visto por todos. Miles de turistas han fotografiado la estatua de la libertad, pero el pachuco que la tiene en la piel junto con Marilyn Monroe y debajo del Che Guevara atenta contra el espacio vacío de un monumento en medio del mar –de alguna manera apartado del territorio americano, la estatua de la libertad da un saludo fraterno a los nuevos pobladores, pero al ser ella un monumento alejado de tierra firme, su espacio representa más un estado transitorio entre el inmigrante que llega al nuevo mundo con el sueño americano en mente y la constante realidad de exclusión con la que es marcado una vez que baja del barco-. Al situar la imagen de la estatua de la libertad en un espacio arbitrario –o no- su figura es acompañada de otros símbolos que solamente adquieren un sentido como un todo. Por sí misma, el rostro de la estatua no dice nada, es simple tinta y técnica en la piel de alguien, pero el alejamiento de la mirada del cuerpo al que contempla permite darle a la imagen un sentido más íntimo que se comprende gracias a lo que lo acompaña. Como la contemplación de una estrella que por sí misma brilla en medio de la nada y que después se descubre como parte de una constelación, las imágenes en el cuerpo de una persona que gusta de saturarlo con tatuajes que esconden su piel, no hablan por sí mismas, pues están en comunión con una unidad que al final hace que el cuerpo responda a la pregunta ¿Quién eres?.(cito)“Pasivo y desdeñoso, el pachuco deja que se acumulen sobre su cabeza todas estas representaciones contradictorias, hasta que, no sin dolorosa autosatisfacción, estallan…[7] (fin de la cita)
La resignificación de estas imágenes icónicas –todas- representan la voracidad del pachuco por irrumpir en un equilibrio ya de por sí difícil de mantener “hecho de la imposición de formas que nos oprimen y mutilan.[8]La visión unilateral de la cultura dominante es su principal enemigo pues él representa una contradicción innata que se afirma como tal.Los iconos revolucionarios del “Chuco”no tienen la pesadez del significado político e ideológico; entre Zapata, Pancho Villa y el Che están Marilyn Monroe y Susan Hayward.  Los rostros de revolucionarios usados más de mil veces para representar ideologías en contra del sistema no son, en  este cuerpo, antisistema, están ahí para generar una ruptura individual con lo establecido. No es sino rebeldía del individuo, pues su identidad no está con la del pueblo que quiere ser liberado;no hay nada de heroico en el Zapata que está a la altura del pecho, es más una cuestión de evocación religiosa, la adoración que ya trae consigo el rostro del revolucionario y no el ideal mismo, es una imagen fetichista por el Che o por Villa la que él tiene, imagen despojada de su origen, igual que él mismo.
Zapata usualmente se encuentra fuera de su contexto revolucionario, es más un símbolo que acerca al hombre con una idea de nación libre y justa jamás realizada.(cito)“El zapatismo fue una vuelta a la más antigua y permanente de nuestras tradiciones[9] (fin de la cita), la representación de un hombre que muestra la conciencia histórica pero que a su vez es aislado en su pueblo y  en su raza; el villismo y el zapatismo (el norte y el sur) representan en la piel de alguien que ha crecido al otro lado de la frontera voluntades de identidad nacional basadas en el origen y  la simplicidad de ideas como Tierra y libertad que simbolizan–en palabras de Paz-un punto de partida, un signo oscuro y balbuceante de la voluntad revolucionara”[10]que fue derrotada y marginada. En la piel del pachuco la revolución mexicana significa una reconquista de representaciones siempre pulsantes, una pasión por ideales jamás conocidos o una reconquista por la tierra a la que jamás ha pertenecido, pero que fruto de la soledad y desesperación el “Chuco” Caballero lleva en la piel, en un gesto de orgullo por la redención que el pasado le confiere, su “”origen” que es el que le perdona todos sus pecados. Su “historia” arropa la soledad que porta con orgullo. Sin identidad propia el pachuco que lleva la revolución en la piel por fin se atreve a ser, conoce su misterio, comulga con la idea para ellos santa del México perdido, como paraíso al que jamás regresarán.
Del tatuaje del revolucionario Emiliano Zapata nace la imagen de Cristo a la altura del cuello demostrando la religiosidad que siempre ha de acompañarlo como buen pecador que es. Muestra su herida, la tiene en lo más alto y vulnerable de su ser. Cristo en el cuello es la apropiación del cuerpo martirizado en el cuerpo mismo (cito)“No es una intimidad que se vierte, sino una llaga que se muestra, una herida que se exhibe. Una herida que también es un adorno bárbaro, caprichoso y grotesco…”[11](fin de la cita)La herida que muestra es también posibilidad de salvación, viviendo la vida loca el pachuco pide perdón de sus pecados. Siendo no-ser el pachuco vive la vida del bandido solitario con la cual niega la sociedad en donde se establece, (citando de nuevo)“La persecución lo redime y rompe su soledad: su salvación depende del acceso a esa misma sociedad que aparenta negar. Soledad y pecado, comunión y salud, se convierten en términos equivalentes.[12](fin de la cita). La madre a la que se pide perdón no falta, se encuentra justo en las manos, fácil de ver, siempre presente en toda acción la virgen de Guadalupe es el ícono infaltable que no necesita acompañamiento, está ahí sola en la mano derecha del pachuco, también hijo de la santa madre sufrida mexicana que le perdona todo.

En los brazos están plasmadas evocaciones prehispánicas, Cuauhtémoc, último tlatoani convive en el brazo izquierdo, en una dialéctica entre resistencia y entrega, con Moctezuma el emperador vencido y abajo una posible malinche madre chingada de los malos mexicanos que se afirman como la negación de la raza que a su vez  gustan de adorar. -Paz dice- El pachuco  es ese otro que nosotros no somos. Y esos otros no se definen sino en cuanto hijos de una madre tan indeterminada y vaga como ellos mismos[13]. Como punto final, justo en medio de su cuerpo se lee, como título de un cuerpo que habla con imágenes, la leyenda South Sidecomo límite de su existencia, mucho más al sur está la tierra prometida jamás conocida, mucho más al norte no hay nada, South Sidees para Edward “Chuco” Caballero la tierra de nadie a donde el pertenece.
Decir que el lenguaje que nos reviste es la única posibilidad de nuestra existencia en cuanto es la totalidad de nuestro pensar es excluir una visión oscurecida de los  significados de las cosas que conocemos. Los significados llevan consigo una carga de posibilidades que se revisten según los lugares desde donde pensamos lo que pensamos. No se reconoce la forma del cuerpo por el vestir, así como no se reconoce el pensamiento con el lenguaje. Pareciera que el vestido y el cuerpo se desarrollan  en un mutuo acuerdo en donde uno transforma al otro y viceversa. La cuestión entre lenguaje y pensamiento pareciera ser más bien una relación dialéctica que no termina de reconciliarse en una síntesis final pues todo aquello que es excluido de lo definidosiempre encuentra como salir a flote y transformar lo establecido bajo la visión de una nueva perspectiva. Por eso se hace necesario regresar y reflexionar sobre las cosas que tenemos como ya establecidas, es decir, quitar la vestimenta con la que a simple vista generamos una opinión. Desnudar  para luego conocer.






Bibliografía

-Paz, Octavio, “El laberinto de la soledad”, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, Primera edición (cuadernos americanos) 1950, 191pp.
-Labastida, Jaime, “Cuerpo, territorio y mito”, Siglo XXI Editores, México, Primera edición 2000, 306pp.



[1] Conferencia pronunciada en el coloquio: Las figuras del nacionalismo mexicano, la modernización de los imaginarios, celebrado en la FFyL y la FES Acatlán (UNAM)
[2]Paz, Octavio, “El laberinto de la soledad”, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, Primera edición (cuadernos americanos) 1950, p. 13, 191pp.
[3] Contracción de la palabra pachuco usada en el sur de Texas.
[4]Es por esto que Paz dice “Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer.”Op. cit. p. 9
[5] Op. cit. p. 14
[6] Op. cit. p. 29
[7] Op. cit. p. 16
[8] Op. cit. p. 18
[9] Op. cit. p. 130
[10] Op. cit. p. 131
[11] Op. cit. p. 16
[12] Ibíd.
[13] Op. cit. p. 68

sábado, 25 de mayo de 2013

Breve reflexión en torno a la filosofía como inquietud de sí desde la postura de Michel Foucault.

Por: Paola María del Consuelo Cruz Sánchez
I.

Hacer filosofía según Foucault consiste en un pensamiento que se interroga, sobre lo que hace que haya y pueda haber verdad y falsedad y se pueda o no se pueda distinguir una de otra. (cfr. Foucault, 2012:33) Es una interrogante sobre nuestra posibilidad de tener acceso a la verdad, las condiciones de este acceso, así como la explicitación de los límites de la subjetividad para alcanzarla. Para el pensador francés, las preguntas filosóficas no son propiamente qué es lo verdadero y qué es lo falso, sino qué posibilita a ambos, y cómo es que nosotros podemos distinguir un saber del otro. Esta concepción muestra su firme convicción de que el universo es uno y los mundos son múltiples. (cfr. Foucault, 2009: 96-97)
La postura foucaultiana va en contra de toda visión de la filosofía como un ejercicio de preguntas atemporales y predeterminadas en las que hacer filosofía consistiría en regresar a ellas constantemente, de modo que lo diverso de la misma, a saber, su historia, dependería de las múltiples respuestas que se han otorgado a esas preguntas a lo largo del tiempo. Pero,  ¿qué sucede si por ejemplo, la pregunta que interroga por el ser, nunca ha sido la misma sino cada vez distinta? ¿Qué sucede si las preguntas no dependen estrictamente de su campo de pensamiento sino de quién, cómo y dónde son planteadas? Entonces, ninguna de ellas es idéntica a otra aun cuando se enuncien igual. Indagar la relevancia de saber que no sólo las respuestas filosóficas a “problemas filosóficos” son diferentes, sino que las preguntas también lo son, es oportuno.
A mi entender, este planteamiento es uno de los grandes aportes de la filosofía contemporánea, en ella, el campo de discusión es abierto, como un ejercicio de defensa de las inquietudes personales, sin hacer a un lado la rigurosidad del quehacer filosófico. En este breve escrito tengo como intención mostrar la estima de reconsiderar la labor filosófica desde la inquietud de sí, como una liberación de todo aquello que nos impide atrevernos a abordar las preguntas que han acompañado nuestras vidas. Para lograrlo, esbozaré qué entiendo por inquietud de sí y cómo ésta reconfigura el modo de hacer investigación en humanidades, particularmente en filosofía.
II.
Como habíamos mencionado, para Foucault, el quehacer filosófico está directamente ligado al problema de la verdad. Por ello, los modos de hacer filosofía desvelan las concepciones de dicha problemática. La visión del filósofo contempla dos grandes grupos. Describe al primer grupo, como aquellos que se acercan a la verdad desde la certeza de poder iluminarla a través de su subjetividad. La verdad es externa a la subjetividad y por ello, llega al final del proceso epistémico, como la coronación del acto de conocer. Hallarla no es una cuestión de inquietudes individualidades, sino es una cuestión de método.
Sobrepasar la individualidad a través del método, hizo de la existencia el fundamento del saber y de la subjetividad una evidencia universal. La duda que duda para no dudar más, transformó el conócete a ti mismo, en una certeza absoluta, sobrepasando los límites de la personalidad. De manera general, podemos afirmar que este modo de hacer filosofía privilegia o sobrecarga la gnosis y le otorga la soberanía en el acceso a la verdad. (cfr., op. cit., 2012:35)
Cabe aclarar, que Foucault no estaría en contra de que hacer filosofía implica conocer, sino de la soberanía del acto del conocimiento sobre el proceso de acceso a la verdad. Puesto que ello supone que esta última puede, primeramente, ser alcanzada, y segundo, que puede ser alcanzada a través de una serie de reglas. Lo cual traería consigo la anulación de la particularidad de las preguntas, de las épocas, de los problemas y las respuestas filosóficas. Este modo de acercarse a la verdad le enuncia como estática y externa al sujeto; hallar el método idóneo para desvelarla es lo más importante, pero el método y su descubrimiento no dependen de este o aquel sujeto estrictamente, lo radicalmente importante es su buen uso. Uso que incluye la aceptación de las preguntas a las que éste puede responder.
El conocimiento es inherente al quehacer filosófico, pero ello no hace supremo el acto del conocer sobre las inquietudes del que desea encontrar la verdad. De modo que pueden haber múltiples formas de aproximarse al problema de la verdad en el que no sólo se privilegie su carácter epistémico. Foucault propone la filosofía como inquietud de sí.


La inquietud de sí fue uno de los temas recurrentes de la reflexión foucaultiana. Particularmente, dedicó el tercer tomo de la Historia de la Sexualidad, así como su seminario de los años 81 al 82 a esta temática, seminario que tituló La Hermenéutica del sujeto. En él aborda el problema del sujeto y la verdad desde la noción mencionada. El pensador ubica la inquietud de sí en la tradición griega, afirma que acompañaba al conócete a ti mismo, pero fue esta última noción la que pasó con más fuerza a la historia. Gran parte del texto está dedicado a mostrar las razones por las cuales el conócete a ti mismo cobró relevancia sobre la inquietud de sí, esto, desde su ya conocida postura de los saberes sometidos. Algunas otras intenciones giran en torno a mostrar la importancia de su recuperación. Asimismo, muestra cómo dicha concepción ha sido transformada, retomada, reconfigurada, oculta, a fin de enunciar su propuesta de reivindicación.
La inquietud de sí, afirma el pensador, fungía, en el mundo griego antiguo, como un conjunto de prácticas, no estrictamente como un concepto. Pertenecía a la cotidianidad, por ello, su liga con un quehacer epistémico no era directa. Ésta iniciaba en el cuidado de sí, tanto físico como intelectual, por ello, dependía de una condición privilegiada. Lo cual no es una fórmula, una vida privilegiada no da como resultado necesariamente una vida filosófica. En general, el cuidado de sí consiste en un redireccionamiento de nuestra mirada hacia nosotros mismos, nos convertirnos en nuestro objeto de estudio.
Tornar la mirada no es nada sencillo, sobre todo cuando la mayor parte de nuestras vidas transcurre evitándonos. Hay un cúmulo de distractores que impiden que lleguemos a nosotros. Por lo cual, la inquietud de sí es necesariamente un primer despertar a la inquietud, que en lo futuro se convertirá en un “principio de agitación, principio de movimiento, (pero sobretodo) un principio de desasosiego permanente a lo largo de la vida.” (op. cit., 24) En algún sentido, hacer filosofía es un ejercicio terapéutico para curar dicho desasosiego.
Por otro lado, la inquietud de sí se manifiesta como un cambio de actitud respecto de sí. Al ser un ejercicio de apropiación de nosotros mismos, modifica nuestro modo de mirar, cambia lo exterior por lo interior. Esta inquietud peculiar, muestra el deseo de prestar atención a lo que pensamos, a lo que acontece en nuestro pensamiento. Constituye una invitación a dar un salto de lo exterior a lo interior. Salto que nos obliga a dejar de ocuparnos de los discursos de los otros sin la conciencia de las preguntas con las que llegamos a ellos. Ocuparnos de nuestro propio discurrir implica saber qué nos inquieta. Trabajo que incluye una serie de acciones que uno ejerce sobre sí mismo, a su vez, una trasformación de las relaciones que entablo con los demás. La inquietud de sí como un ejercicio filosófico es una labor de modificación, de transformación, de transfiguración de aquel que desea acceder a la verdad.
Antes de continuar, debemos hacer una diferenciación y una advertencia. Cuando hablamos de inquietud de sí, no podemos desviarnos y pasar del cuidado de sí a la voluptuosidad de nosotros mismos, a rendirnos culto. Tampoco podemos reducir el ejercicio filosófico al seguimiento de las “coordenadas de nuestro corazón”, o incluso acentuarla como la acción de retrotraernos a un grado tal, que el otro desapareciera. Es menester por ello, hacer algunas precisiones en torno a la inquietud de sí como trabajo filosófico.
La filosofía como inquietud de sí, según Foucault, es un ejercicio de espiritualidad. Entendiendo por espiritualidad un cambio en la postura del sujeto ante la verdad, él se sabe como incapaz de alcanzarla así como es. Esto significa que la verdad no se desvela por un mero acto de conocimiento sustentado en la estructura del sujeto. La filosofía como espiritualidad reconoce que el acceso a la verdad transforma y modifica al sujeto. Dicho acceso es un transe, un movimiento, un desplazamiento de nuestras visiones de mundo. En general, el que filosofa pone en juego su propio ser. La verdad se desvela mientras se busca.

De tal suerte, que la transformación del sujeto no puede ser universal. La visión foucaultiana rescata la individualidad. Así, si el acceso a la verdad es a la vez la transformación personal, ello muestra que hay más de una forma de entender el filosofar y arribar a la verdad. La filosofía como un ejercicio de espiritualidad, sustentaría que ella llega en el hacer del sujeto y le ilumina. En síntesis, en el primer modo de hacer filosofía propuesto por Foucault, el acceso a la verdad está delimitado únicamente por las condiciones del conocimiento. El sujeto que conoce sólo necesita atender a dichas condiciones para lograrlo. Por ello, todo sujeto es capaz de verdad. El acceso a la verdad no es un proceso estrictamente de búsqueda, sino una pesquisa, el camino a la verdad constituye una serie de pasos hacia un conocimiento siempre indefinido y progresivo. Por otro lado, si el sujeto se modifica mientras avanza en su indagación, ello significa que el transcurso le procura algunos aspectos de la verdad de su objeto de estudio y de sí mismo.
Me gustaría ilustrar lo anterior con un pasaje bíblico. Pasaje en el que Moisés recibe las tablas de la Ley. Primero, le fue encomendado alisar dos tablas de piedra en las que sería escrito lo que Dios había de decirle. (Éx. 34:1) Al tiempo que debía estar apercibido para ascender al Monte Sinaí donde recibiría dicha enseñanza. (Éx. 34: 2-4) Después de un largo diálogo con Dios, Él le pide transmita dicha comunicación al resto del pueblo a su descenso, pues ello fundamentará el pacto entre ambos. Por ello, Moisés debe redactar. Las diez palabras, resultado de su conversación, no pueden ser escritas de la manera en que le fueron dichas, sino que debe hacer un esfuerzo por concretarlas. Dicho esfuerzo, duró 40 días y 40 noches en los que Moisés estuvo en ayuno. A su descenso, los que le vieron no le reconocieron. La narración describe que la tez del rostro de Moisés era resplandeciente. (Éx. 34: 30)
El pasaje sirve para mostrar que el camino hacia la verdad condiciona su encuentro. Todas las acciones que ejercemos sobre nosotros para encontrarla transforman nuestra percepción del mundo, de los otros y principalmente de nosotros mismos. La verdad no le pertenece a nadie, la búsqueda de la misma es labor filosófica, el modo de arribo muestra la personalidad de quien indaga, asimismo condiciona el modo de hallarla. Moisés trabajó arduamente sobre las diez palabras, dicho trabajo lo reconfiguró. Él se hizo responsable de su regreso. La inquietud de sí como un modo de hacer filosofía es siempre un ejercicio de transformación contextual.
III.
Por último, a modo de conclusión, quisiera hacer algunas precisiones en torno a la importancia de la inquietud de sí en el desarrollo de las investigaciones en humanidades. Si la inquietud de sí es el rescate de los cuestionamientos personales o colectivos, con la intención de consolidar propuestas de estudio que los respondan y transformen así el ser de quien los trabaja, éstos a su vez hacen emerger problemas cotidianos, a modo de denuncia, los cuales exigen ser atendidos.
La discontinuidad hallada nos permite reflexionar a su vez, en torno a los criterios que usamos para describirla, las nociones que están detrás de los problemas que planteamos, lo cual posibilita, situarnos al tiempo que elucidamos su legitimidad y pertinencia. Pero no sólo eso, nos damos cuenta que el modo de hacer y ser de la pregunta, constituye el instrumento para abordarla. No hay disociación entre lo que se estudia y cómo se hace.
La inquietud de sí es siempre una pregunta situada, “lo cual significa que no se puede hablar en cualquier época de cualquier cosa”, (Foucault, 2011:63) emerge en un contexto específico y atiende a alguna fractura de la configuración de nuestros mundos. Nuestros cuestionamientos reparan en problemáticas y contradicciones urgentes. El proceso de reivindicación de dichas interrogaciones hace visible el umbral en el que se gesta la fractura, la contradicción, el corte, etc., proceso que modifica lo personal y por ende, lo colectivo.
La discontinuidad foucaultiana es una noción paradójica, a la vez es instrumento y objeto de investigación. Es un transitar del obstáculo a la práctica. Constituye una invitación a liberarnos del cúmulo de problemas heredados por la tradición disciplinar y pensar nuestro propio pensamiento, nuestras dudas y sustentarlas, incluirlas en nuestro trabajo como el gran Otro marginado. Asimismo, es una invitación a habituarse a pensar las ideas propias, de modo educativo y formativo contrario a un modo discipular. Ganándonos así un derecho a escribir.


Fuentes Consultadas:
Foucault, M. (2009): Una lectura de Kant. Introducción a la antropología en sentido pragmático. Argentina: Siglo XXI editores.
_______, (2011): La arqueología del saber. México: Siglo XXI editores.
_______, (2012): La hermenéutica del sujeto. Curso en el Collége de France (1981-1982). México: FCE.
Reina Valera. Biblia. (1909)



Twitter Delicious Facebook Digg Stumbleupon Favorites More

 
Design by Free WordPress Themes | Bloggerized by Lasantha - Premium Blogger Themes | coupon codes