Un racismo enmascarado de belleza:
política y esteticismo en José Vasconcelos, un acercamiento a La raza cósmica y el Timón
Por: Luis Manuel Veloz
Y no le quedó a Nietzsche en su soledad ascética otro compañero que el
sarcasmo. Imitadores indignos han tomado del filósofo las frases que simulan
odio. No comprenden que el odio que no daña, el odio limpio que purifica, es
privilegio exclusivo del alma que ha sido capaz de amores grandes, excelsos.
José Vasconcelos, Manual de
filosofía.
Introducción
José Vasconcelos, no cabe duda, fue un personaje que dividió la esfera de la opinión pública, adulado por unos, vituperado por otros; en todo caso, desde la primera década del siglo pasado y hasta los años 50, José Vasconcelos estuvo al centro de múltiples polémicas. En las líneas que a continuación siguen, nuestro objetivo está orientado a dar una breve reflexión en torno a la postura que tomó Vasconcelos en el plano político, a través de dos momentos importantes, la publicación de La raza cósmica por un lado, y la aparición de la revista Timón por el otro. Quiero aclarar, por supuesto, que la reflexión de ningún modo pretende ser exhaustiva, sino sólo un acercamiento a las polémicas que ha motivado esta parte de la vida y obra de José Vasconcelos.
I
En filosofía es ya común catalogar a
ciertos filósofos, desde un punto de vista histórico-referencial en razón de
sus obras, pongamos por caso al joven Hegel, autor de los Esbozos del espíritu del cristianismo, y al otro Hegel, autor de la
Fenomenología del espíritu y la
Ciencia de la lógica (como un segundo momento según Dilthey), o bien, el
primer Wittgenstein, autor del Tractatus,
y el segundo Wittgenstein, autor de las Investigaciones
filosóficas, etc. En el caso de Vasconcelos, guardando el paralelismo, es
factible decir lo mismo en tanto que su obra se divide en dos momentos, y en
dos momentos también se aprecia la ambigüedad de las posturas que asume desde
un enfoque político. Por tanto, hablar de un primer José
Vasconcelos, es hablar de un intelectual icónico que formó parte del Ateneo de
la Juventud, cuya postura política se oponía a la dictadura porfirista, optando
por una democracia que en el momento político mexicano, no existía. Para 1910,
la situación de México, como se sabe, lindaba con la desintegración social. En este contexto, sin duda, se podía ya divisar el desmembramiento de las facciones
de poder lideradas por Porfirio Díaz, como bien anunció sutilmente Justo Sierra
en su “Discurso de Inauguración de la Universidad Nacional”[1].
Y no era para menos. En el norte del país, las huelgas obreras y las
represarías de la añeja dictadura porfirista, presagiaban el colapso, en el
sur, el asunto no era mejor. El problema agrario que estaba estacionado desde
los tiempos de la Colonia se hallaba, para ese momento, en un punto
insostenible por la precaria situación que vivian (pobreza y hambre) los campesinos, en
contraste con el enriquecimiento del que hacían gala los hacendados[2].
A partir este marco histórico que refleja los inicios de la Revolución mexicana,
José Vasconcelos propone un pensamiento
y una acción política sui generis.
Filosóficamente, la postura que tomó nuestro autor fue radical y atípica.
Radical, porque se opuso al positivismo desde el irracionalismo; atípica,
porque como él mismo dijera, no se propuso escribir una obra de simples ensayos,
sino que aspiraba a lo grande, al sistema filosófico. En política, su actuar
como militante maderista y pos-maderista tuvo varios tropiezos: enemistades con
caudillos, exilios regulares a los Estados Unidos, y la derrota en los comicios
a dos candidaturas: la primera a la gubernatura del estado de Oaxaca en 1924, y
la segunda a la Presidencia de la República en 1929.
Con todo, en lo que respecta a la acción
política Vasconcelos se distinguió en un rubro muy importante: el educativo,
gracias a la institución que él mismo se encargó de armar desde su cargo como
Rector de la Universidad: la SEP. Pero es también, a partir de los años 20 que
la perspectiva política de Vasconcelos (el segundo Vasconcelos) va ir mudando;
del demócrata liberal que fuera como maderista, hacia el ideólogo conservador y
ultraderechista del fascismo, empezando con La
raza cósmica, hasta que abraza con ahínco la ideología pro-nazi en los años
40. Estos son los dos Vasconcelos que de manera breve se pueden bosquejar en la
primera mitad del siglo pasado. En cuanto a las primeras obras filosóficas de
Vasconcelos, pongamos por ejemplo: Pitágoras,
una teoría del ritmo, o El monismo
estético, se puede decir que son preparatorias para las operas mayores. En
cualquier caso es de señalar que en la mayoría de sus trabajos destaca de una u
otra manera la estética como el punto vertebral de su filosofía. De ese modo,
si el positivismo, que fue la doctrina imperante en la que se formó
Vasconcelos, acogió a la ciencia como única posibilidad del conocer. Tanto para
él como para otros ateneístas, como Alfonso Reyes, Antonio Caso, o Pedro Enríquez
Ureña, eso no representó más cosa sino una postura reducida e ideológica, que
si bien fue útil en la Reforma juarista, para inicios del siglo XX, la
consideraron caduca. Por consiguiente, no es raro que a lo largo de los años,
Vasconcelos hiciera enfático su ataque al positivismo desde el extremo opuesto,
esto es, desde del arte, la religión, y las emociones. Por esta razón, el
pensamiento de Vasconcelos conjuntó las filosofías de Schopenhauer, Nietzsche,
Bergson, entre otros, con el dogma cristiano de la Trinidad, que fue
incorporado a su filosofía sin ningún problema. Por ello, es importante la
apreciación que hace el Dr. Mario Magallón, a este respecto, ya que nos
recuerda que: “Repasar la obra filosófica, literaria, política e histórica de
José Vasconcelos, conduce inevitablemente a la confusión entre la concepción
histórica, la simbólica, la religiosa, la filosófica y de éstas con la biografía
política”[3]
Por consiguiente, es significativo tener presente que para acotar y estudiar
una parte de la obra de Vasconcelos, es menester hacerlo a consideración de la historia
por la que transita su pensamiento y su acción política, para no caer en los
equívocos. Ya que, en efecto, no es lo mismo hablar (enfatizamos) de un
Vasconcelos antes de los años 20, que después de ellos. Ahora bien, en los
párrafos que siguen esbozaremos brevemente esta segunda etapa de José Vasconcelos.
II
En 1920, después de los muchos
choques entre las fuerzas revolucionarias y las federales, así como del
asesinato de Venustiano Carranza, Vasconcelos retorna de su exilio bajo la
protección de Álvaro Obregón. A su llegada, se le encomendó la Rectoría de la
Universidad, la cual dejó pronto para asumir la dirección de la nueva Secretaria
de Educación. Al poco tiempo de esto, y después de que su labor como animador
cultural termina, con logros específicos que se pueden resumir en una planeación
de educación masiva; la lucha por eliminar de raíz el analfabetismo, la
construcción de bibliotecas, el patrocinio de las artes y la visión
integracionista de la Nación, después de esto, se publica La raza cósmica. Estamos en el año de 1925 y también ante un clima
social que considera con seriedad la amenaza de la política-expansionista de
Estados Unidos, como un peligro para los pueblos latinoamericanos. Con este
referente, Vasconcelos va a sumar sus ideas al debate en pro de la defensa de
Latinoamérica, que tenía una historia importante, gracias a Simón Bolivar, José
Martí y Enrique Rodo. Por cierto, no viene mal recordar que el libro Ariel, precisamente del Uruguayo Rodo,
fue una influencia importante para Vasconcelos a la hora de escribir La raza cósmica.Ahora bien, el concepto problemático de raza que actualmente sucumbió a un descrédito casi total, en tanto que no hay ningún fundamento serio para sostener la tesis biologicista de raza como una pragmática justificativa para aseverar la supremacía de un grupo humano sobre otro, para el año en que se publica La raza cósmica, las ideas en torno al concepto de raza y racismo, están completamente vivas. De ahí que no fuera raro que Vasconcelos atacara los postulados darwinistas, acotados al marco social por Herbert Spencer, desde varios frentes, incluyendo el sarcástico: “... basta comparar la metafísica sublime del Libro de los Muertos de los sacerdotes egipcios con las chabacanerías del darwinismo spenciariano. El abismo que separa a Spencer de Hermes Trimegistro no lo franquea el dolicocéfalo rubio ni en otros mil años de adiestramiento y selección”[4] A pesar de todo, cabe interpelar que el nudo que teje La raza cósmica, se halla en las contradicciones en las cae Vasconcelos con tal de defender su postura. Porque en efecto, en dicho libro si por una parte se inculpa con dureza el racismo anglosajón, por el otro, toma el mismo tinte que éste. De ese modo, La raza cósmica se torna, con sus propias dispensas que bien supo José Vasconcelos, funcionalmente racista. Aunque como dijimos, enmascarado desde otro discurso (el esteticista), ya que en lo que toca, Vasconcelos no opta por el panfleto de odio y violencia, sino que acuña, bajo una retórica especifica, dogmática, una síntesis de las razas, a partir de su mezcla, cuya batuta por supuesto la tendría la raza mestiza por sus características emotivas, por eso escribe: “Nosotros no queremos la unión de los pueblos ibéricos, sin excluir a España y comprendiendo expresamente a Brasil; y tenemos que excluir a Estados Unidos, no por odio, sino porque ellos representan otra expresión de la historia humana”[5].
Ahora bien, cabe precisar que La raza
cósmica alberga dos momentos importantes en su redacción, el primero, una
explicación de las cuatro primeras razas en el desarrollo de la humanidad, que
según Vasconcelos son: la negra, la india, la mongol y la blanca, considerando
a ésta última como el puente para la quinta raza: la raza cósmica. Y el segundo
momento, se encuentra en lo que con justa razón viene a ser una interpretación
de la historia a partir de la ley de gusto, o la ley de los tres estados: 1) el
estado material o guerreo, 2) el intelectual, y 3) el espiritual o estético.
Con este planteamiento, se va a especificar la pujante utopía de Vasconcelos
que reza así: “cinco razas y tres estados, o sea, el numero 8, que en la gnosis
pitagórica representa el ideal de igualdad de todos los hombres”[6].
El resultado, pues, es finalmente la mezcla de razas, como ya se dijo, pero no
por imposición política o necesidad biológica, sino por una estética del gusto
que finalmente absorbería lo mejor de las cuatro primeras razas, dejando de
lado sus defectos:
“Los muy feos
no procrearan, no desearán procrear; ¿qué importa entonces que todas las razas
se mezclen si la fealdad no encontrará cuna? La pobreza, la educación
defectuosa, la escasez de tipos bellos, la miseria que vuelve a la gente fea,
todas estas calamidades desaparecerán en el estado futuro. Se verá entonces
repúgnate, parecerá un crimen, el hecho hoy cotidiano de que una pareja
mediocre se ufane de haber multiplicado la miseria”[7]
Afirmaciones como ésta, se van
repitiendo en el libro unas veces con cierta cordura, otras con franco frenesí,
de cualquier manera José Vasconcelos deja claro que sus ideas se rinden en una
enconada manera de dirigir su descrédito, por cierto tipo de hombres. Los
indios, visto así, tendrían que ser excluidos por la nueva raza, y los negros,
gracias a una eugenesia prototípica estetizante, desaparecerían. No por nada,
el Dr. Mario Magallón, en la interpretación que realiza de La raza cósmica, escribe: “Esta visión estetizante, excluyente y
racista de raíz fascistoide, la funda (Vasconcelos) en la emoción y la pasión,
que no en la razón; muestra una forma racial de raigambre de larvado fascismo”[8]
Ahora bien, hasta aquí hemos
bosquejado brevemente el cuadro general de La
raza cósmica, desde una visión crítica que contempla el racismo de la obra,
pero nuestra inquietud conlleva también el polo, por decirlo así, más extremo,
es decir, el de la revista Timón. Así
pues, y al margen las operas grandes, la Metafísica,
la Ética y la Estética, el pesimismo de José Vasconcelos se agudizó, y la afrenta
que cargó por largo tiempo contra los norteamericanos (entre muchos otros
posibles motivos), estaba en el momento, según él, de ser saldada con ayuda de
la Alemania nazi. A inicios de los años 40, en efecto, las potencias del Eje se
jugaban encarnizadamente los frentes para inclinar la guerra (Segunda Guerra
Mundial) a su favor, y Vasconcelos tenía plena certeza de que al final todo
cuadraría de esa manera. De modo que, con el patrocinio de los alemanes (vía la
embajada alemana en nuestro país), Vasconcelos publica la revista Timón, revista que tuvo por fin hacer la
propaganda pro-nazi en México, y poner en el primer plano de la opinión
clase-mediera al que Vasconcelos consideró: “el hombre del rostro inspirado”,
refiriéndose por supuesto a Hitler. La revista Timón, así, fue una publicación semanal de raigambre completamente
fascista, que combinó la ideología política nazi, con la publicidad de la crema
Nivea o lo más sonado del cine hollywoodense,
entre otras cosas. Sin embargo, lo que más sobresale, por la fuerte dosis de
antisemitismo y racismo que dejan ver, son sus artículos, algunos firmados por
Vasconcelos, otros, por sus colaboradores. En uno de los artículos escrito
precisamente por Vasconcelos, se puede leer: “(…) y todos los pueblos del mundo
tendrán que agradecer a Mussolini y a Hitler el haber cambiado la faz de la
historia, el habernos liberado de toda conspiración tenebrosa que a partir de
la Revolución Francesa, fue otorgando el predominio del mundo a los imperios
que adoptaron la Reforma en religión, la engañifa del liberalismo en política”[9]
De este modo, y con un juicio anticipado de la victoria de las fuerzas
militares del Eje, Vasconcelos profetizaba en Timón un cambio en la historia, un cambio que, expresamente estaría
justificado por la fe católica, porque en efecto, para Vasconcelos no sólo
estaba en juego la política, sino también la religión. Era, en pocas palabras
para el Ulises criollo, el nuevo choque entre los protestantes y los católicos.
Sin descuidar por supuesto a los judíos, porque al igual, también fueron
atacados con dureza por el antiguo ateneísta. Sin embargo, y para infortunio de
Vasconcelos, el conflicto armado no se concretó según sus planes, porque al
final, la guerra se inclinó a favor de los Aliados. En lo que respecta a la
revista Timón, sólo 17 números se
dieron a conocer, antes de que fuera censurada por el Gobierno de Cárdenas, y
arrestado el encargado principal, el cubano Cesar Calvo. A Vasconcelos por el
contrario, no se le molestó, y se cerró el caso, no sin antes intentar
desaparecer la penosa evidencia (los pocos ejemplares de la revista Timón que circularon).
Pero el dato que sigue, si es posible
llamarlo curioso, es como Vasconcelos adaptó su postura política según le
convenía, porque al ser derrotados los ejércitos de Alemania, Italia y Japón,
el nuevo peligro, según vio Vasconcelos, eran los Rusos, ora por ser ateos, ora
por ser comunistas. En cualquier caso, recobra la simpatía por los Estados
Unidos, porque a pesar de su protestantismo, al fin y al cabo eran cristianos.
Así fue, en resumidas cuentas el polémico José Vasconcelos, hombre de carne y
hueso que, a pesar de su importancia en la historia de México, igual tuvo
errores y tropiezos tan grandes como lo fue alguna vez su persona. Su imagen,
sus grandes hazañas en la política educativa, el misionero de la cultura, el
declamador y prosista reaccionario que se dio el lujo de insultar a los
caudillos, también tiene una mancha histórica que sin lugar a dudas es válida
estudiar en tanto que forma parte de su vida y de su obra, además, porque
parafraseando un poco a Emil Cioran, quizá sea precisamente el lado más odioso
de su doctrina lo que lo mantiene vivo y actual.[10]
[1]
En su “Discurso de Inauguración de la Universidad” (1910) Justo Sierra, y
teniendo entre el público a Porfirio Díaz, leyó lo siguiente: “No, no se
concibe en los tiempos nuestros que un organismo creado por una sociedad
(refiriéndose al Estado) que aspira a tomar parte cada vez más activa en el
concierto humano, se sienta desprendido del vínculo que lo uniera a las
entrañas maternas para formar parte de una patria ideal de almas sin patria;
no, no será la Universidad una persona destinada a no separar los ojos del
telescopio o del microscopio, aunque en torno de ella una nación se
desorganice; no la sorprenderá la toma de Constantinopla (haciendo alusión al
movimiento revolucionario) discutiendo sobre la luz del Tabor” en Fuentes de la Cultura Latinoamericana,
Tomo I, ed, FCE, México, 1993, p, 84.
[2]
Para profundizar en este tema, recomiendo revisar el libro de Andrés Molina
Enríquez, Los grandes problemas
nacionales, ed, Era, México, 1983.
[3]
Magallón, Anaya, Mario, Filósofos
mexicanos del siglo XX: historiografía crítica latinoamericana, ed, EON,
CIALC, UNAM, México, 2010, p, 131.
[4]
Vasconcelos, José, La raza cósmica,
ed, SEP, México, 1983, p, 30.
[5]
Magallón, Anaya, Mario, Op, cit, p,
134.
[6]
Vasconcelos, José, Op, cit, p, 49.
[7] Ibídem, p, 38
[8]
Magallón, Anaya, Mario, Op, cit, p,
158.
[9]
Vasconcelos, José, “El mundo agradecerá a Hitler su transformación”, en Timón, #7, México, 1940, p, 5.


18:35


.jpg)
.jpg)

