La expresión mediante imágenes en
Hegel.
Por: Andrés
Olvera Ponce.*
El propósito de este trabajo es
caracterizar la expresión hegelina. Para ello nos orientaremos a la expresión
escrita y haremos referencia a la expresión filosófica y poética, señalando
cómo en la escritura se muestra la fragmentación que se vive en la filosofía y
en la poesía en el siglo XX.
Posteriormente, caracterizaremos la expresión romántica, en clara oposición
con la actual expresión posmoderna, pues si bien ésta nos muestra un estado de
pulverización, la expresión romántica mostrará rasgos opuestos. Por último,
señalaremos los matices poéticos que presenta en Hegel la expresión escrita,
diferente en algunos puntos de la expresión romántica en general.
I
Para nadie es un problema aceptar
que la filosofía y la poesía son asuntos de palabras. Es decir, que tanto el filósofo como el poeta utilizan en
su actividad a la palabra como instrumento para dar cuenta de la realidad en
que se encuentran; por tanto, la palabra (hablada o escrita) es el medio a
través del cual se expresa el pensamiento del filósofo y el sentimiento del
poeta. De esta manera, palabra y expresión son semejantes en tanto que sirven
para manifestar pensamiento o un sentimiento, aunque pudiera observarse que
existen múltiples modos para manifestarlos y la palabra es uno de esos modos.
En este caso no nos interesa tanto la expresión hablada, sino escrita, por la
permanencia que tiene esta última.
Cuando el hombre filosofa o
cuando el poeta crea no es sólo la capacidad racional o la imaginativa la que
se utiliza; cuando esto sucede, el hombre todo se encuentra inmerso en esa
tarea. En la filosofía, la exigencia de la claridad el rigor son necesarios
para cumplir con su propósito: pensar la realidad. ¿Y qué significa esto?
Quiere decir que el objeto de reflexión es el universo viviente mismo, con toda
la gran variedad de seres que lo integran, pero que ha de ser pensado en
profundidad sólo cuando se está bien provisto de un arsenal lógico que permita
la precisión y la claridad. Sin embargo, con asombro vemos que la experiencia
nos muestra sólo hechos aislados, particulares, que requieren de algo que
defina y unifique y, en cierto modo, ese algo sólo puede ser razón. La
herramienta propia de la filosofía —como actividad principal racional— para
cumplir con la función de abstraer lo fundamental de las cosas es el concepto,
entendido como un procedimiento racional que posibilita la descripción, la
clasificación y la previsión de los objetos cognoscibles. Pero en esa tarea
existe la posibilidad de olvidarse de la realidad y permanecer sólo en los
conceptos, y en su expresión: las palabras; la posibilidad que no debe darse si
el objeto de reflexión es la realidad, no el lenguaje. Este caso pudiera ser un
tipo de filosofía autorreferente y que pudiera definirse como aquella que en su
proceso de reflexión se confunde con su propio interior, al perder de vista el
objeto que motivó esa actividad. Pero, en todo caso, en la filosofía una
expresión clara y precisa es condición necesaria para que se dé una buena
comunicación; también es importante porque sólo por ella—por la comunicación,
así sea con nuestro interior—encontramos la verdad. Esta condición reflexiva de
la filosofía nos remite a su aspecto
social. Y quizás la necesidad de reunirnos en la búsqueda del conocimiento sea
porque consideramos que los hombres,
seres finitos y relativos, no pueden tener acceso a la verdad absoluta, por lo
menos en filosofía, aunque pareciera posible en otras actividades tales como el
misticismo. Y en ese dialogo que se
establece en la búsqueda de la verdad la expresión juega un papel muy
importante, porque permite que los otros entiendan claramente el mensaje. Pero
cuando en la filosofía la palabra deja ser el
instrumento principal de la razón para aliarse con el poder, entonces se
pierde la posibilidad del diálogo y la palabra pierde su poder propio que es el
político:
“El cambio que está produciendo
ahora representa una disminución progresiva de la participación verbal, una
ineficacia de la palabra como vinculo de comunidad… La política se hace
irracional…porque se impone a todos, por sí sola, una fuerza mayor; la cual por
ser fuerza, ya no es razón pensada y argumentable…[1]
Por esta situación, la palabra
deja de ser la posibilidad de intercambiar experiencias o puntos de vista para
convertirse en un arma de la violencia y la imposición, fenómeno que resalta
más en los llamados tiempos de paz. La situación no admite posibilidad alguna
de sobrevivencia para la palabra, vehículo de lo racional, pues, “ante la razón
necesaria, la razón de fuerza de mayor, resultan superfluas las razones
justificantes…”[2]
En resumen, la palabra parece
destinada al silencio en un mundo en el que al poderoso no le interesa escuchar
al otro y mucho menos le interesa intercambiar opiniones para buscar la
justificación de algún acto: ¿para qué querría el poderoso darle explicaciones
a alguien que no tiene el poder para perjudicarlo? Así es como la filosofía
parece haber encontrado una forma de morir, de desaparecer: callar ante la
imposición. De esta forma:
“…lo que deberíamos de temer, y
de lo cual ya existen síntomas patentes, es que se suspenda el régimen dialógico
de vida por otro que no sea literalmente dialógico, y que no requiera
entendimiento…[3]
Esto se plantea como posible en
la filosofía; y algo similar acontece al arte y, con él, a la poesía. Tanto
para Vattimo[4]
como para Aquilino Duque[5]
aquello que ha provocado el silencio en el arte—como reacción—ha sido la acción
del Poder, el Estado o la burocracia; así pues, el arte autentico ha reaccionado
renegando de todo el elemento de deleite inmediato en la obra, rechazando, con
ello, la comunicación y optando por el puro y simple silencio. Uno de los elementos
que la obra rechaza es la belleza. Sin embargo, el silencio del que aquí se
habla no tiene nada que ver con ese otro tipo de silencio que tiene un
significado mucho más rico que la palabra. Por principio de cuentas, este
silencio como reacción se distingue porque es, de alguna forma, voluntad;
porque la posibilidad de expresar no se ha cancelado y se muestra cuando otros
artistas siguen creando tal coma la tradición lo indicaba, es decir, cuando se
pueden crear obras que se presentan como un conjunto de objetos, diferenciados
en sí por lo que dicen y no sólo sobre la base de su mayor o menor capacidad de
negar la condición del arte. Sin embargo, en el silencio místico la situación parece
tener cierto matiz de improvisación expresiva, derivada de no poder expresar un
tipo de realidad que no está al alcance
de las palabras, pero que, no obstante, es un indicador quizá más
valioso, pues no da un indicio de la verdadera naturaleza de lo que se pretende
manifestar imposiblemente por la palabra. En síntesis, el silencio
contemporáneo lo es por un exceso; se manifiesta por una destrucción de la
palabra, por la gran habladuría que puebla el mundo; y, en este sentido, sigue
siendo voluntario el asunto: ese fenómeno destructivo parece originarse en la
intención de uniformar o nivelar toda la realidad: “…Para nadie es un secreto
que hoy nos encontramos inmersos en el lenguaje sofista que todo lo uniforma,
que nivela toda la realidad…”[6]
por su parte el silencio del místico parece intentar expresar lo inefable a
través de sugerencias paradójicas,
siempre que por paradoja entendemos “…la reunión de términos o imágenes contradictorias
que en su misma contradicción anulan la palabra para hacer estallar la Palabra
verdadera…”[7]
Así, habría un silencio por pérdida de sentido en la habladuría y otro por
sobreposición e insuficiencia ante lo designado.
En suma, la expresión
contemporánea manifiesta una gran pulverización, una división entre lo racional
y lo sentimental, tal vez porque el mundo contemporáneo ha tendido que olvidar
lo unitario. Y en gran parte se debe a que la palabra ya sólo se ha usado para
imponer, y no para poder argumentar con base en el diálogo, como podría ser en
filosofía, y así se ha tornado esa actividad filosófica en actividad plenamente
retórica, en la que lo importante es la búsqueda de la verdad sino la justificación
de la situación. También el arte tiende a mostrar una expresión fragmentada
como una reacción de protección ante el empuje de los centros de poder. Sin
embargo, parece que históricamente existe un movimiento previo que en lugar de
buscar lo fragmentario, privilegia la unidad sobre toda otra cosa. Y esa intención
provoca que la palabra muestre un equilibrio entre la razón y el sentimiento.
Ese momento histórico es llamado el Romanticismo.
II
En la historia de la filosofía
parece presentarse un momento en el cual la intención es resaltar la síntesis
entre lo que se piensa y lo que se siente; dicho momento, dijimos, se le conoce
con el nombre de Romanticismo; movimiento que es, a su vez, el punto de
culminación de la reacción ante la posición kantiana, en la que la razón estaba
limitada por los sentidos y por la metafísica, o sea, por la sensibilidad y la
fe. Así pues, en el Romanticismo la razón trasciende esas fronteras por su
intención de alcanzar lo Infinito, concepción que comienza con Fichte. Además
de darle peso al sentimiento, el Romanticismo se destaca en el arte porque
considera que los bello es lo vivo y lo vivo
es lo que se evade de lo estrictamente racional, además de que el mundo
pesa cósmicamente sobre el intelecto; al contrario del movimiento neoclásico,
aquí la naturaleza domina al hombre y el arte no tiene otra finalidad fuera de
expresar esa dominación. Finalmente la inteligencia se refleja en la dispersión
que se manifiesta en la aparición de literaturas regionales y alzamientos periféricos[8].
Es muy probable que lo anterior nos lleve a pensar que en el Renacimiento
también aparecía una división notable en la concepción de la realidad, cargada
ahora de manera radical hacia el sentimiento, la irracionalidad, la ausencia de
método y por considerar al arte con un fin en sí mismo. No obstante, dentro de
un movimiento con esas características, es interesante entender que se busca
superar la división kantiana de la realidad racional y la realidad real, pero
no tendiendo hacia el extremo opuesto que consistiría en hacer prevalecer el
sentimiento y la fe como realidades vivientes por sobre todas las cosas, sino
en manifestar un equilibrio entre la razón y el sentimiento. Tal posición de
integración y equilibrio se encuentra manifestada en la filosofía de Hegel,
sobre todo porque en la él “La expresión más allá del Absoluto —cuerpo y
espíritu al mismo tiempo—, se encuentra en el arte donde se unen y pactan
materia y espíritu…”[9]
Esto significa que esa síntesis se expresa mediante el uso del concepto y la
imagen (ya en metáfora o alegoría, etc.), dando origen a un lenguaje, pues, muy
conceptual pero en gran parte imaginativo , siempre y cuando se entienda la
imagen como la representación de seres inmateriales o de ideas abstractas en
formas sensibles y animadas. En suma, la expresión de lo que se considera
verdadero adquiere gran belleza al utilizar estos recursos verbales. Según
Aristóteles, el concepto (logos) es lo que define a la sustancia o esencia
necesaria de una cosa; mientras que la metáfora es definida por el mismo Aristóteles,
en sentido genérico, como un modo indirecto de hablar, es decir que la metáfora
consiste en dar a una cosa un nombre que pertenece a otra cosa, produciéndose
la transferencia del genero a la especie, o de la especie al género, o con base
en la analogía. Igualmente puede considerarse en la modalidad de símil y de
alegoría. En Hegel, la expresión de su filosofía se logra a través de imágenes
vividas. Basta con abrir una de las páginas de la Fenomenología del Espíritu para encontrar más de un ejemplo de
ellas:
“Lo bello, lo
sagrado, lo eterno, la religión y el amor son el cabo que se ofrece para morder
el anzuelo… A esta exigencia responde el esfuerzo acucioso y casi ardoroso y
fanático por arrancar al hombre de su hundimiento en lo sensible, en lo vulgar
y lo singular, para hacer que su mirada se eleve hacia las estrellas, como si
el hombre, olvidándose totalmente de lo divino, se dispusiera a alimentarse
solamente a cieno y agua, como el gusano… El espíritu se revela tan pobre, que,
como el peregrino en el desierto, parece suspirar tan sólo por una gota de agua,
por el tenue sentimiento de lo divino en general, que necesita para confortarse.”[10]
La expresión que se presenta en
esa filosofía manifiesta una relación coherente entre la expresión de dar
cuenta del absoluto y de restaurar al hombre que había dividido Kant al
presentarlo separado entre razón e intuición; a su vez, esta filosofía, quiere
dar cuenta de la realidad, con el cambio y la contradicción que siempre
manifiesta, por lo que sólo la imagen podrá ser el medio adecuado para
satisfacer ese propósito de dejar clara la idea mediante la relación figurativa
de la imagen. De este modo, la imagen es el complemento necesario del concepto:
son uno y expresan el dinamismo de lo uno.
No obstante, todas las obras
hegelianas presentan la misma forma expresiva, dependiendo de la obra que se
trate dan algunas diferencias. Por ejemplo, en relación con la Fenomenología del espíritu. “Se trata,
indudablemente, de una de las concepciones más imaginativas y poéticas que se
le hayan ocurrido a un filósofo”[11]
Caso contrario parece presenta la Ciencia
de la lógica, pues por su carácter analítico en general no se presta para
utilizar un lenguaje con un cierto tono imaginativo, y por ello “La lógica de
Hegel es (según él mismo indicó) algo abstracto y aislado…”[12]
Estas dos instancias dan una breve muestra del estilo que Hegel utiliza, tanto
para expresar el desarrollo de su sistema como para expresar su metalógica, que
es, según nosotros, el que primero use el lenguaje figurativo y en el segundo
caso, el lenguaje más puntualmente conceptual. O bien, para resumir lo
anterior:
“Casi como Shakespeare, Hegel
piensa a menudo con imágenes… pero importa mucho darse cuenta de que, lo que sucede
con la mayoría de los filósofos, Hegel no busca una imagen con la que hacer
visible sus ideas: sus dificultades residen frecuentemente en transmitir a la
vez la intuición y la idea… Hegel no busca términos que sean abstractos —busca
palabras que retengan un núcleo sensorial— aunque se empleen en una prosa
metafísica.”[13]
De aquí la dificultad de su texto
y la preponderancia del lenguaje imaginativo. De esta forma, Hegel presenta su
teoría como una expresión figurativa, sugerente; y a través de esa expresión
imaginativa se manifiesta el concepto.
A pesar de que una de las notas
románticas era el considerar al arte como un fin en sí mismo, en Hegel se
presenta de manera diferente, ya que su obra no es principalmente poética sino
filosófica, y adquiere enorme relevancia porque es el primer paso hacia el
conocimiento del Espíritu Absoluto, “en él empieza a realizarse totalmente la
idea, es decir, tanto la aproximación de la consciencia humana a Dios como la
plenaria realización de Dios mismo”[14]
En resumen: “La estética está aquí al servicio de la metafísica y es paso
dentro del cuerpo de pensamiento metafísico”[15]
En conclusión, la expresión
hegeliana se caracteriza porque manifiesta en esa unidad expresiva los cuatros
tipos principales del lenguaje figurativo: la metáfora, que es la traslación
del significado de un vocablo de un objeto a otro por la semejanza que tienen
entre sí; la alegoría, que se define como la expresión continuada de una
metáfora; la sinécdoque, que expresa la relación que media entre el todo y sus
partes; y también la metonimia, que consiste en trasladar el nombre de un
sujeto a otro en virtud de una relación de sucesión que hay entre ambos.
De este modo, la relación que
existe entre la concepción filosófica y la expresión textual hegeliana es
mutuamente determinante; la palabra figurativa obedece a una necesidad
ontológica, puesto que, en términos de Hegel, no puede haber disociación entre
el concepto y su expresión. En suma, la expresión textual en imágenes es el
complemento necesario de la concepción filosófica unitaria de Hegel.
* Andrés Olvera
Ponce, es maestro en filosofía por la Universidad de Guanajuato, especializado
en filosofía de la ciencia, en dónde su interés se ha centrado en el
pensamiento filosófico de Wittgenstein. Sin embargo, y quizá alejado de lo
anterior, también gusta de cultivar los problemas concernientes a la Estética.
El presente trabajo es un ejemplo de sus inquietudes sobre la relación entre la
poesía y la filosofía, a través del pensamiento hegeliano.
[1]
Nicol, Eduardo, Ideas de vario linaje,
UNAM, p, 315.
[2] Ibid, p, 318.
[3] Ibid, p 319.
[4]
Vattimo, Gianni, El fin de la modernidad,
Planeta-Agostini, p, 79.
[5]
Duque, Alquino, El suicidio de la
modernidad, Bruguera, p, 99.
[6]
Xirau, Ramón, Palabra y Silencio,
Siglo XXI, p, 145.
[7] Ibid, p, 52.
[8]
Díaz Plaja, Guillermo, Hacia un concepto
de la literatura española, Espasa-Calpe, p, 21.
[9]
Xirau, Ramón, Introducción a la Historia
de la Filosofía, UNAM, México, p, 287.
[10]Hegel,
W., Fenomenología del espíritu, FCE,
México, pp, 10-11
[11] Kaufmann,
W. Hegel, Alianza, p, 128.
[12] Ibid, p,206,
[13] Ibid, pp, 153-154.
[14]
Xirau, Ramón, Introducción a la Historia
de la Filosofía, UNAM, México, p, 299.
[15] Ibid.


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